Cliente:
  • Privado
Arquitectos:
  • María González Ferro
  • Jordi Castro Andrade
Lugar:
  • Saiar, Caldas de Reis
Arquitectos Colaboradores:
  • Jacobo Pérez Castiñeiras
  • Laura Vázquez Seoane
  • Joana Covelo Alonso
  • Ana Prado Rodriguez
Arquitecto Técnico:
  • Daniel Ojea Maigler
Fotógrafo:
Constructor:
  • Aplus Constructores Gallegos S.L.
Fecha

Mayo, 2025

Memoria del proyecto

Un carballo de cincuenta años y un antiguo socalco de granito, construido para hacer productiva la pendiente original, son los dos grandes elementos de esta parcela situada en el disperso rural gallego.

Ambos se convierten en los principales focos de atracción sobre los que se proyecta la vivienda: el árbol como centro visual y emocional, y el socalco como basamento físico desde el que nacer la construcción.

El programa, muy contenido, responde a las necesidades de una pareja que busca disfrutar de la relación con la naturaleza que ofrece esta tierra, así como de la quietud necesaria para el trabajo en remoto y la concentración que este requiere.

La parcela, originalmente dividida en dos niveles con un claro criterio productivo, nos hace plantear la vivienda como elemento conector entre ambas cotas. Esta decisión sitúa el socalco como el punto de partida del proyecto.

Se desmonta un amplio tramo del muro de granito, justo frente al carballo, para ubicar un acceso rodado y peatonal a la vivienda. Un contundente dintel de hormigón recoge el vacío generado en el muro, ahora permeable, integrando ambos accesos de manera discreta, camuflados tras el tercer y último material de la casa: una fachada de pino termotratado.

La pieza inferior de la vivienda resuelve el garaje, una pequeña zona de acceso peatonal y, dado que estamos en zonas de viñedos con unos clientes que disfrutan haciendo su vino y convidando a probarlo, resolvemos en ese nivel una zona de bodega y una sala de convite pegada a ella. Para este espacio social abrimos un patio generoso que permite iluminar y abrir las celebraciones hacia un exterior muy contenido.

La planta superior resuelve los espacios habitables de la pareja mediante dos muros paralelos de hormigón. Con el objetivo de fragmentar el volumen y aproximarlo a una escala más cercana a las crujías tradicionales del entorno, estos muros generan dos cuerpos desplazados entre sí: uno de ellos alberga el porche de entrada, el despacho y el dormitorio, mientras que el otro se destina a una diáfana zona de día.

La conexión entre ambos volúmenes se produce a través de un paso que se enfrenta, prolongando la mirada, hacia una gran ventana situada justo frente al carballo, haciendo que el árbol esté siempre presente en los recorridos interiores de la casa.

La prolongación de los muros de hormigón en las zonas de estar y dormitorio define pequeñas áreas exteriores más íntimas y protegidas, reforzando la relación entre interior y paisaje. El hormigón se muestra visto en esa labor exterior, mientras que en las zonas vivideras queda protegido por una fachada trasventilada de madera de pino termotratado.

Pino gallego y áridos procedentes de la gravera local resuelven la materialidad de la vivienda. Materiales que, con el corto paso del tiempo y bajo la acción del clima gallego, adquieren esos tonos que tan bien supo describir Cunqueiro al hablar de una “Galicia gris”, impregnada de lluvia, niebla y una melancolía que, a menudo, se transforma en un gozoso refugio para la imaginación.